No hay en este paisaje amenaza alguna ni negruras rocosas, no hay macizos escarpados ni bordes cortantes ni precipicios azotados por el viento, tampoco percibimos la mortífera amenaza del alud de las rocas y el desprendimiento de los pedregales. Nada de eso. Las montañas de Ruanda irradian bondad y cordialidad, seducen con su belleza y su silencio, con su cristalino aire sin viento, con su paz y la perfección de sus líneas y formas.
Del libro Ébano (R. K.)

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