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MANEL- Benvolgut

Estimado, permíteme suponer que, a pesar de que no hayamos disfrutado de presentación oficial, más o menos, así como yo, estás informado de mi existencia, de las cosas que hago. Estimado, lo reconozco, qué le vamos a hacer, cobarde de mi, no es que seas cada tarde mi tema preferido, vuestras son las promesas que ya nadie cumplirá, vuestras las noches que los teléfonos no paraban de sonar. Pero sí te voy viendo en discos que al final no te llevaste y algunos qué maravilla, y algunos que nunca tendrás suficientemente lejos, estimado, y en una sonrisa que hace sola caminando y en esa foto antigua olvidada en un cajón: habéis parado la furgoneta aprovechando la vista privilegiada de una ciudad. Tú señalas el ábside románico de una catedral y sois jóvenes y fuertes! Y sentís la eternidad delante vuestro! Y, estimado, ni sospecháis que gente como yo estamos esperando. - Y que simpáticos se os ve, y cuánto daño debió de hacer, y lo imagino, o lo intento, y te aseguro que comprendo que todavía hoy, sin remedio, todo tiemble un segundo cuando un amigo, de buena fe, pronuncia vuestro nombre. Pero quiero pensar que todo va bien y que no echas de menos esos tiempos, que incluso al recordar no sabes por qué pero te alegras y vas viendo sitios por el mundo que te están gustando tanto y agradeces que entre los dos me hicierais crecer escondido. Escondido en mentirijillas, en dudas molestas, en cada intuición fugaz de una vida mejor, escondido en “somos muy jóvenes para tener algo demasiado claro”, escondido en “no sé qué es, pero niña, no puedo respirar”. Ay, estimado, qué extraño si algún día te hicieron daño mi amor, mi suerte, mis manos o mi dedo resiguiéndole la columna vertebral! Estimado, que ha venido para quedarse! Ay estos dedos, no son sencillos, de gente como yo que estaba esperando. - Estimado, lo dejo aquí, que sé que eres un hombre ocupado. Supongo que es el momento de despedirme esperando no haberte molestado mucho, no haber parecido un loco, que la fuerza nos acompañe, adiós, hasta siempre, suerte! Por si un día nos cruzamos ya me disculpo, que me conozco, haré de hombre serio, esperaré detrás de pie mientras tú bromeas un poco, “veo que ahora los buscas altos”, mientras tú te reivindicas como mucho más elegante. Diremos adiós y nos iremos y ella me dirá que te ha visto viejo y, paso a paso, ya estarás tan lejos como el cretino que antes de entrar a Historia le tocaba el culo apretándola contra los árboles al lado del instituto. Ay, pobrecitos míos, cómo se hubiesen asustado, si entre los matojos, salimos tú y yo diciendo “eh, aquí los señores, estamos esperando. Chavales, id haciendo sitio, que estamos esperando”.

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Nací en el año 1949. En 1961 empecé la enseñanza media y, en 1967 entré en la universidad. Cumplí los 20 años en pleno auge de las aparatosas revueltas estudiantiles que todos conocéis. En este sentido, creo que se me puede considerar un típico hijo de los años 60. Pasé el período más vulnerable, más inmaduro y, a la vez, más decisivo de mi vida respirando a pleno pulmón el aire salvaje, improvisado y espontáneo de los años 60 que, como es lógico, acabó emborrachándome por completo. ¡Había tantas puertas que debíamos abrir de una patada! Sí. ¡Y que fantástico es tener ante los ojos puertas para que las abriéramos a puntapiés! Y todo eso con los Doors, los Beatles, Bob Dylan y los otros como música de fondo.


Después de leer esto me pregunto: si ahora también vemos puertas a las que darle patadas y abrirlas a puntapiés ¿Por qué no nos parece fantástico hacerlo y nos quedamos pasmados, con…